lunes, 12 de octubre de 2009

Día de la hispanidad


Un providencialista creería que el haber metido Dios una gran nación de habla portuguesa entre las naciones de habla española es para que un día se integre ahí, como aquí se integrará, el común espíritu ibérico al que están, aquende y allende el océano, reservados grandes destinos.

- Miguel de Unamuno


Día nacional de España. Conmemoramos el descubrimiento de América. Y yo me siento agobiado por los sentimientos nacionalistas de toda clase. Por un lado están esos señores que salen en la tele llorando con el himno; por otro, los americanos que rechazan celebrar este día, porque más que un puente entre dos mundos, ven una invasión cruel; por otro, los catalanes y vascos que no se sienten españoles...

Pero para gustos están los nacionalismos, seguro que encontramos uno que encaje con su talla. ¿Europa le queda grande? Pruebe con España... o quizás con Castilla, que últimamente viene en el modelo pancastellano que incluye La Mancha, Madrid y Cantabria y deja fuera a León. Y hablando de León, tenemos el Reino de León en talla grande (con Zamora y Salamanca) y en talla pequeña (sólo la provincia y su castizo llionés). Pero si es usted de los que gustan de tallas ajustadas, pruébese el nacionalismo de El Bierzo.

Y no se confundan, señoritas, no tengo nada en contra ni a favor de los sentimientos nacionalistas ni convergentes ni divergentes. Algo sí detesto de los motivos ambiciosos que se esconden detrás de algunos ideólogos de principios nobilísimos.

En 1906 había 24 estados en Europa. En 2006, 47. Piensen en la piñata de la URSS o en el Kinder Sorpresa que está siendo Yugoslavia. Prestigitos erudiosos afirman que aún hay sitio para más amiguitos en la pequeña Europa. Como Cataluña, Euskadi, Córcega, Kosovo, Escocia, Transnistria, el Kurdistán o... ¡Andalucía!

La paradoja radica en que por una lado estamos unificando criterios con letones, búlgaros, eslovenos y daneses (entre otros) mientras que en España buscamos la divergencia entre las distintas autonomías.

Recuerden que durante el imperio romano Hispania no era España, sino España y portugal. Y a lo largo de la Edad Media el capricho de los tiempos determinó esta ruptura de la península en dos naciones, pero podría no haber sido así. Bien podrían haberse unido Castilla y Portugal dejando fuera a la Corona de Aragón, o fácilmente hubieran sido tres franjas ibéricas distintas diferenciadas por tres idiomas.

Pero eso no se lo pueden plantear en serio hoy en día los descendientes del reino de Aragón. Porque Cataluña no es Aragón, y Baleares no es Cataluña (si acaso, Alemania... bromeo), y Valencia tampoco es Catalulña, pero es que Castellón tampoco es Valencia... Es todo demasiado complicado.


Por otra parte, no sé a qué vienen tantos conflictos "nacionalistas" cuando el camino es claro. La Constitución PUEDE reformarse. Nadie obligaría a los Vascos a permanecer en un estado si ellos no quieren. No somos la Rusia de Putin. Así que paciencia, todo se andará.

Pero lo que es indiscutible es que la Península Ibérica tiene un pasado común: conquista romana, conquista árabe... y una lengua tan parecida que no es necesario estudiarla para entenderse los unos con los otros.

Así que mi sentimiento de nacionalismo que propongo hoy es el de la unión de los dos grandes países de la Península (bueno, está bien... Andorra, usted también está invitada). Mi sentimiento nacionalista es panibérico, proluso, provasco, procastellano (diantres, proandaluz, que parece que también quieren escaparse de las terribles garras del Estado Madrileño), procatalán y pro Antigua-Corona-de-Aragón. Mi sueño, mucho más lógico que el de muchos nacionalistas, es el de una Confederación Ibérica, o una República Federal de Estados Ibéricos.

Quiero saber qué tiempo hará en Oporto este fin de semana cuando vea la televisión. Quiero conocer las noticias del País Hermano. Quiero la Iberia de las lenguas y los pueblos. Quiero recuperar el pasado perdido. Quiero mi tajada del pastel nacionalista y no se me ocurre estandarte más loable.