jueves, 19 de mayo de 2011

Puecelano el que no bote. Eh. Eh.

En esta sociedad se habla mucho de la discriminación y de cómo combatirla. A mí, desde pequeño me han dicho en casa, en el cole y en la tele que todos somos iguales. Y que no hay que despreciar a nadie por su sexo, raza, religión, nacionalidad, etc.

Esta máxima es muy fácil de practicar cuando no te ves envuelto en situaciones comprometidas. Y muy comprensible. Sobre todo cuando a mí, me han tratado siempre bien,c pues no pertenezco a ningún "grupo de riesgo": soy varón, blanco, payo, heterosexual, no tengo ninguna discapacidad...

La relación que he tenido con extranjeros ha sido siempre bastante normal, así que tampoco me he creado prejuicios hacia tal o cual nación.

Sin embargo, con veintipocos años, experimenté por primera vez la discriminación ciega y absurda durante un viaje a Palencia por le hecho de ser un nacido en Valladolid.

Sé que entre ciudades próximas suele haber cierta rivalidad y es perfectamente comprensible. De hecho, hace dos o tres años estuve en un concierto de música en Palencia y boté al grito de pucelano el que no bote, porque me parecía que se decía sin malicia, y que era, más que nada, un grito de guerra, como cualquier otro, para unir a la gente. Era una consigna que buscaba unir a los Palentino, no atacar a los vallisoletanos.

Mis padres nacieron en Palencia y en Dueñas, así que siempre me había sentido un poco palentino. Además, los palentinos con los que me había cruzado en mi vida habían sido siempre personas encantadoras. De la supuesta rivalidad entre palentinos y vallisoletanos no me enteré hasta bien mayor, como muchas personas de mi círculo social.

En cierta ocasión, una compañera de clase de un amigo nos invitó a salir de fiesta por Palencia. Yo tenía muchas ganas, porque no conocía la noche palentina. Aquella chica nos advirtió "vosotros no digáis que sois de Valladolid" y a mí me pareció que lo decía en broma, pero no, y así me lo hizo saber. En ese momento pensé que aquella chica estaba exagerando las cosas y que aquella rivalidad sana, aquel pique divertido, no podía ser nada grave.

Sin embargo, paseando por Palencia unos chicos se nos acercaron y nos preguntaron:

—¿Sabéis dónde está este bar?
—Mm... Creo que sí, que hemos pasado por él y está en esa dirección.
—¿Por ahí?
—Sí, sí, todo recto.
—Ah, vale.
—Pero no me hagas mucho caso, que no soy de aquí.
—¿Ah, no? ¿De dónde sois?
—De Valladolid.

Y en ese momento, sin mediar palabra, los tres chicos se dieron la vuelta y se fueron y cuando ya estaban a 100 metros o así de distancia empezaron a gritarnos insultos.

Habíamos sido amables, educados, simpáticos y correctos, pero el ser de Valladolid anulaba todo lo anterior. Ese sentimiento de desprecio debe ser lo que sienten tantas personas discriminadas cuando las insultan por ser quienes son o cuando no pueden hacerse escuchar porque los demás no queremos escucharlas.

Ese día entendí un poquito lo que puede significar ser marroquí y que no te quieran contratar por ser marroquí. O ser gay y que te insulten por ser gay. O ser mujer y que no te tomen en serio por ser mujer...

Entiendo que los vallisoletanos podemos ser secos, reservados, ásperos e incluso ariscos comparados con la media nacional, pero ¿tanto como para no molestarse en hablarnos o en conocernos?

Soy plenamente consciente de que aquel día tuvimos muy mala suerte. Y de entre todos los palentinos normales, que tienen modales y un trato agradable, fuimos a dar con los camorristas y los pendencieros.

Sin embargo, no deja de resultarme curioso cómo en Palencia dan en pensar que les odiamos o les menospreciamos, cuando en realidad en ningún concierto de Valladolid he oído nunca una consigna que se meta con los palentinos ni con ninguna otra población oriunda de ninguna parte del planeta. Y nunca he oído a nadie de Valladolid hablar mal de la gente de Palencia.

Los pocos pucelanos que sí han acabado profesando esa rivalidad con Palencia son los que han tenido trato con palentinos, pero los que pasamos nuestra infancia y juventud entre vallisoletanos, vivimos felices en la ignorancia.

No quiero hacer una defensa de los vallisoletanos ni atacar a los palentinos. El hecho de que yo haya nacido en Valladolid condiciona enormemente el significado de cada palabra que he escrito, pero he procurado ser neutral y objetivo.

No estaría bien predicar una cosa y practicar la contraria, así que, obviamente, la buena opinión que tuve siempre de la gente de Palencia prevalecerá sobre el disgusto que me llevé aquella noche. Sin embargo, me doy cuenta de que Palencia ha pasado de ser la ciudad de España en la que más fácilmente podría mudarme a vivir, a ser la ciudad de España a la que más miedo me da trasladarme. Y eso es algo que me entristece bastante.

Así que, de vez en cuando, como labor social, xD, cuando un palentino se mete con Valladolid, procuro contarle esta historia. Porque gente normal y educada habemos en todos los sitios. No nos tachen de bordes sin darnos siquiera la oportunidad de insultarles cara a cara.